María Magdalena nos lleva al encuentro de Jesús crucificado, ahora ya resucitado, a quien podremos ver, oír e incluso tocar en estos siguientes relatos. Muchos discípulos están presentes, todos aparentemente ven lo mismo, pero no todos creen ver lo mismo ni creen de la misma manera.
La trascendencia del momento está envuelta en la sencillez del diálogo y la amistad; unos más confiados acompañan y consuelan a los que desconfían, se sienten solos y con temor, ‘él era la verdadera luz que ilumina a todo hombre’. Parece inverosímil, el amigo común ha muerto y sin embargo mucha gente continúa buscándole y viviendo de él.
"MARIA MAGDALENA"
15.- UNA MAÑANA DE SOL EN GALILEA
Quiero recordar bien aquel fresco amanecer en la mañana de un día cualquiera de la semana en que cada uno fuimos llegando al descampado en el alto donde nos habíamos dado cita. Entre los árboles y las colinas a lo lejos pude ya adivinar el punto donde iba a nacer el sol que pronto nos deslumbraría; esas primeras luces del día continúan aun hoy evocando la certeza de una presencia.
Muchos deseábamos ver de nuevo al gran maestro, el mismo de siempre pero diferente. En nuestros rostros aún podía adivinarse lo diverso que cada uno sentía, ilusión y confianza, dolor y desespero. Unos jóvenes discípulos contaron su discusión por el camino 'sólo era un profeta al que han hecho callar'; yo les ví ya en silencio a la espera de lo que hoy pudiera ocurrir.
El gran maestro llegó de camino conversando con Juan el discípulo y con la hermana de su madre. Tras de ellos venía Tomás el Mellizo con otros discípulos y algunas mujeres.
Muchos no supieron que Jesús estaba allí esa mañana entre nosotros como uno más y no le reconocieron. 'Todo ha terminado', dijeron con tristeza, que quedaba poco por decir y cómo estaban corriendo peligro en aquel descampado a la vista de todos.
Algunos comentaron la noticia de extraños sucesos en torno al sepulcro y al cuerpo del Galileo, 'nosotros vamos a creer la palabra de los primeros testigos del sepulcro sellado'.
Preguntaron por qué les habíamos llamado y por qué queríamos seguir juntos. Un grupo de discípulos regresaron a sus aldeas, dijeron tener muchas dudas y no creían lo dicho por unas mujeres ni tampoco el testimonio de algunos discípulos que parecían enloquecidos. Otros quedaron allí con nosotros y esperaron.
Recordé entonces con cierto desagrado que nadie creyó en aquella ocasión, aquel día primero de la semana, mi testimonio sobre Jesús al que yo había encontrado junto a la puerta del sepulcro. No supe explicar bien de qué estaba hablando, dejando al descubierto que en mi interior surgieron dudas y sospechas.
Yo conté cuanto había visto y lo que había oído, pero sin creerme lo que decía, no supe dar respuesta a las preguntas que los discípulos me hicieron. Medio aterrada y admirada, qué decir en aquel amanecer tan singular de la mañana primera. Yo repetí una y otra vez este mensaje a los discípulos encontrados en el camino:
-‘Yo le he visto y tocado, le encontré en el huerto y me habló, dice que nos espera en Galilea’
Aquella primera mañana, tan cercano aún el duro suplicio de la cruz, los discípulos vivían enteramente destrozados y atemorizados. Ellos me oyeron insistente mas poco convincente, perdida en una extraña alegría, fuera de mí. Juan el amado discípulo lo explicó de esa manera días después, queriendo disculparme y reconfortarme.
Este joven discípulo sí creyó en mis palabras, dio fe a mi anuncio y tomó ligero el camino del sepulcro. No dudó porque sabía. Esperaba encontrar pronto vivo al gran maestro, aun habiendo visto tan cerca como nadie su cuerpo sin vida en la cruz y después en el sepulcro.
He subido contigo a la montaña
he creído soñar
he visto, he oído,
al despertar desciendo
te veo, te siento
eres tú, Señor, tú eres,
mi alma cree,
a veces cree que te sueña.
En esta ocasión, sin embargo, en la soleada y fresca mañana de Galilea pasadas ya siete semanas, yo me encontré más en calma viendo a Jesús de nuevo con nosotros, hablando amablemente con unos y con otros, compartiendo en paz nuestra mesa. Ningún reproche, ninguna queja, sólo consolando. Vimos a nuestro señor pendiente de cada uno, ocupado en curar nuestras heridas y pacificar nuestros ánimos, diluyendo nuestras dudas y temores. Este fue el último día que algunos pudimos contemplar a Jesús entre sus discípulos.
Recuerdo que fue fácil adivinar las huellas de los clavos de la cruz en sus manos, cuando partió el pan y después repartió entre todos. Aquel pan que tanto significó para nosotros porque venía del mismo Jesús como en otras ocasiones y que al llenarnos de él nos saciaba por entero. Ese pan santo y bendito que aun ahora nos reconforta y recuerda que son señales de amor las huellas de la cruz que en él permanecían.
-‘Miren bien en mi cuerpo y toquen’
-‘Aquí están las señales del suplicio y de la cruz’
-‘Tengan fe, soy yo’
* "Juan y Pedro en la mañana de la resurrección", de Eugène Burnand (1850-1921), muestran el interés por contrastar la buena noticia que les comunicó una mujer llamada María Magdalena.
"Tú le encendiste en el corazón el fuego de un inmenso amor a Cristo,
que le había devuelto la libertad del espíritu,
y le infundiste el valor de seguirlo fielmente hasta el Calvario.
Incluso tras la muerte de cruz buscó a su maestro
con tanta pasión que mereció encontrar al Señor resucitado
y ser la primera que anunciara a los apóstoles la alegría de la pascua".