María Magdalena #9
En este relato más autobiográfico, Magdalena explica de dónde viene y cómo ha llegado a ser lo que es. Critica duramente el afán por fabular, propio de los primeros tiempos, publicando relatos falsos e interesados sobre Jesús de Nazaret o sobre ella misma.
Parece claro que María Magdalena fue salvada de la muerte gracias a la intervención decisiva de sus amigos más incondicionales, 'Mujer ¿nadie te condenó? Yo tampoco, vete en paz y en adelante no peques más'.
"MARIA MAGDALENA"
9.- CRECI EN MAGDALA
Escribo estas líneas por encargo, no para hablar de mí sino para explicarme sobre el gran maestro de Nazaret, para contar mi gran amor y mi pasión infinita por Jesús de Galilea.
Sé que habrán oído hablar y también habrán leído cosas sobre María la pecadora o sobre la hermana de Marta, de María la de los siete demonios y otras María, mujeres que aparecen en varios escritos conocidos. Yo no soy más que María de Magdala, la Magdalena.
En algunos textos escritos por los discípulos de Leví Mateo, leídos desde el comienzo en las asambleas, se habló de la Magdalena. Como en otros relatos más recientes, redactados por gente desconocida con otras intenciones y falseando nombre y contenido.
Era previsible que así ocurriera porque hemos pasado de los recuerdos vivos a los recuerdos escritos. Es el deseo de retener y no olvidar que lleva a algunos a contar muchas historias, pero no todas son igualmente ciertas. Dos vidas enteras no bastaran para contar lo que vieron y oyeron aquellos hombres y mujeres que convivieron los primeros años con el Jesús de Nazaret.
En verdad no creo que algunos últimos relatos perduren ni sean útiles para la enseñanza ni para la fe. El tiempo y nuestros grandes maestros sentenciarán. Escritos muy recientes sólo buscan conseguir gloria propia y recompensa o, lo que es más triste, descalificar a nuestro cristo y a sus seguidores, propósito repetido con frecuencia por gente que no sabe de lo que habla ni cree en lo que dice que cree ni tiene pensado creer en nada que le incomode.
Estos creadores de fábulas piadosas, a merced de los intereses de influyentes comerciantes, les aseguro que autores y manuscritos bien pronto serán olvidados, tal vez alguno quedará en la parte más alta de viejas bibliotecas o en sus cuartos más oscuros.
Me dicen que sólo los discípulos griegos del joven Juan, el discípulo amado de nuestro señor, sólo ellos parecen acertar en lo que cuentan sobre mí.
Es verdad que desde muy niña habité en Magdala, muy cerca de Cafarnaun, a orillas del gran lago de Galilea. Los primeros discípulos me llamaron la Magdalena, para distinguirme de las otras mujeres que acompañaron a Jesús en Galilea y en su largo camino hacia Jerusalen.
En Magdala he crecido y he tenido mi casa. Allí sigue viviendo, dicen, un hijo de la mujer que me alimentó. Ella me educó al principio por encargo y con esmero, pero sin cariño. Hasta que un día, por celos y calumnias, siendo yo todavía muy joven casi una niña aunque no doncella, una fría y oscura noche de invierno fui maltratada y echada fuera a los caminos con esta condena escrita colgada fuertemente y a mi cuello encadenada que decía así ‘si regresa será apedreada y despeñada’.
Mucho más sobre mí nadie sabía, tampoco nadie preguntaba. Pero en verdad ni yo misma sé ni sabré nunca dónde nací ni quién me trajo al mundo ni para qué. A veces me gustaba pensar que alguien en algún lugar había soñado conmigo, me echaba de menos y me esperaba, pero nunca lo supe ni ya más nunca lo sabré.
Ahora mismo sólo me importa saber que alguien me abrió las puertas de su casa y me cobijó bajo su manto, que el buen pastor me amó y me rescató de las fauces amenazadoras de lobos feroces, que me libró de la noche oscura de la muerte muriendo conmigo, por mí y por todas las ovejas perdidas de Israel.
Pastor de verdad
pastor de mi vida,
ven hasta mí perdida
llévame hasta ti rendida.
Estas historias mías explican la amargura que habitaba en mi corazón huidizo, inquieto y temeroso. Porque en verdad hasta que conocí a Jesús mis días y mis noches los vivía sin vivir, sintiendo mi carne, mi alma y mi ser entero dolorido, penetrado de disgusto y envuelto en oscuridad.
La historia de mi pasado y mi situación respecto al sol, por el hecho de ser mujer, sirvió a otros muchos para dejarme fuera entre sombras de muerte en el silencio de la exclusión.
* “La Magdalena penitente” que presenta Jusepe Ribera (1591-1652), elegante cortesana y joven penitente, en actitud orante y expectante, refugiada en una cueva con su frasco de perfumes.

Meneame
del.icio.us
Yo sé que Jesús nuestro señor volverá para ultimar mi historia personal. Culminará así un costoso trabajo compartido de amor y de sufrimiento. Al final quedará el amor, sólo el amor.
En mi huída desesperada mis mejores maestros y compañeros fueron los discípulos de Leví Mateo el publicano. Ellos habían sido instruidos por el propio Leví y por algunos escribas convertidos que creyeron a última hora en Jesús nazareno. Estos discípulos siempre fueron muy amables y respetuosos conmigo, con ellos me familiaricé mucho y me ayudaron para no desesperar en la larga y oscura noche de la ausencia mientras duraba mi fe inmadura. Les debo mucho.
Esos mismos sentimientos y reflexiones ocurrieron cuando conversaba con los jóvenes que me visitaron e hicieron tantas preguntas. Cuando me oyeron hablar de él como de alguien que vive, ¿no confundieron al resucitado con un fantasma o un sueño que aparece y desaparece, que vive al margen de nuestra vida real?
Recuerdo un día de verano al atardecer, el mismo Jesús cansado y sediento me esperaba en el patio de la casa junto al viejo pozo. Se dirigió a mí diciendo con voz cálida y apagada:
Jóvenes y fuertes como eran cuando venían ayudaban a esta mujer que cada día amanecía un poco más torpe y con menos fuerzas. Las muchachas ponían a menudo cantando un poco de alegría, orden y limpieza en mi pequeña casa. Todos ellos ponían también orden aun sin saberlo en mis recuerdos y sentimientos con las muchas preguntas que allí me hacían.
Estos jóvenes discípulos querían convencerme y me aseguraban que otros discípulos escribieron trasmitiendo noticias, hechos y palabras del gran maestro. Me explicaban con todo detalle que esos escritos iban extendiéndose rápidamente entre los seguidores, dándose a conocer también en mercados y sinagogas por ciudades y comarcas hasta lejanas provincias.
Quiero contaros algo de lo mucho que voy reencontrando escondido en los rincones de mi memoria, bien guardado en mi corazón. Porque he de deciros que yo soy María llamada la Magdalena. 
